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Relatos de Qíahn: Qíahn Tactics (III)

Relatos de Qíahn: Qíahn Tactics (III)

Capítulo I, entrega 3

Aún no había dejado a sus espaldas el último control cuando, a la altura del tramo izquierdo del transitado canal que desemboca en el acceso a la taberna, el minero coincidió con su amigo.

Recuperador de una tecnología perdida bajo tierra, buscador de boletus, artista recreador, luthier, sabio extrovertido y manco; entre la muchedumbre, Davinç le aguardaba impaciente y se abrazaron como pudieron entre el gentío y, cómplices, charlaron de sus cosas hasta llegar a la misma entrada semicircular de La Caverna. En cuanto le hubo contado el motivo de su breve visita, el renacentista más grande de nuestra era le entregó un artefacto rectangular, ligero y acartonado que, cubierto en un paño ceniciento, fue a parar a un bolsillo del minero. Antes de despedirse, los amigos quedaron en verse el jueves próximo para tratar con calma la gestión del Gran Canal.

Poner un pie en el pabellón y localizar al divago sucedió, según la fuente de arena finísima que caía formando un promontorio espectacular en la base del reloj, alrededor de las nueve de la tarde. Se dirigió a buen paso hacia él, que permanecía de pie en la zona de citas, y le saludó sin más.

— Que el solsticio te sea solar y tibio, divago.

— ¡Y plácido el ocio de tu equinoccio!, señor minero.

— Todo posee espacio y tiempo, un camino y un destino — alza la vista al cielo de piedra —. Te lo pondré fácil. Imagina que, a unos cuantos años luz de la Tierra, existe un planeta habitado. Supón que la especie dominante, gemela a la nuestra, decide ver qué hay en este sextante de la Vía Láctea. Y que, en fin, tal día como hoy, pasa uno de ellos por Ínsula Dos y contacta literalmente con una persona, contigo.

— Déjame pensar — frota sus manos, inquieto—. Eh, nada tiene de inaudito que, a ver, que un simio evolucionado se tope con otro y que, como nosotros, entablen un diálogo para, no sé, para resolver la cuestión del Cambio… mejor, la del subhielo. ¿Qué le parece, señor? — le vacila.

— Agua congelada del freático para abastecer a toda una ínsula, ¡subhielo! El hallazgo de un davinç avispado que recibió el honor superlativo de ser máximo en la ciudad araña más progresista, la Dos. Me alegra, divago, precisamente Davinç me lo advirtió antes de conocerte: ojo con el zagal, es curioso. Por cierto, recuperó este objeto con la corazonada de que supieras apreciarlo.

El joven acaricia su barbilla desnuda con la mano izquierda y de reojo, simulando indiferencia, retira el paño gris que protege el cuaderno. La expresión es de sorpresa cuando lo va abriendo, poco a poco. No sabe disimular. Su sensación es de bienestar al llevárselo a la nariz y olfatearlo, aspirarlo. No se atreve a ojearlo más ni tampoco a hojearlo, lo cierra.

— Mi amigo podría haber acertado contigo. Aún no lo sabemos, pero puede que hasta nos divirtamos esta tardenoche… ¡Y no me llames señor! Nunca, divago. ¡Jamás!

El minero le pasa el brazo por el hombro y le empuja al centro de La Caverna.

— Siéntate en una mesa libre, como yo, y échale un vistazo a tu regalo. A ver qué rastreas. Debo entregar al servicio higienista mi capote doble y las ropas antirradiación, más que nada por respeto a la ciudadanía. Vuelvo enseguida.

Continuará